Los límites de la magia

¿Has oído hablar de las tres leyes de la magia de Sanderson?

Brandon Sanderson es un prolífico escritor estadounidense al que se le atribuye una inventiva sin parangón. Lo cierto es que en los últimos años ha confeccionado un buen puñado de mundos de fantasía, todos con una concepción muy original sobre la magia. Él asegura que la magia puede clasificarse en las historias de fantasía, de modo que tenemos dos tipos en la literatura: magia blanda y magia dura.

La magia blanda no precisa de explicaciones; se realiza porque sí —porque es magia—, y la historia no demanda el porqué de su funcionamiento. Un ejemplo de magia blanda es la que vemos en la Tierra Media, el mundo de Tolkien.

Luego está la magia dura, que la misma historia provee su explicación, sus fundamentos y sus reglas; como en el caso de El nombre del viento, donde Rothfuss nos explica el sistema de magia fundamentado en los alares y la simpatía.

Es en este tipo de magia, la dura, en la que nos vamos a detener, pues Sanderson enumeró tres requisitos para su correcto funcionamiento en las historias: tres leyes o preceptos que sostienen la magia dura, proveyendo una explicación —científica o coherente— para que el lector sienta satisfacción a medida que se resuelven los conflictos con ella.

Estas leyes son:

  1. Primera ley: La capacidad de un autor para resolver el conflicto con la magia es directamente proporcional a lo bien que el lector comprende dicha magia.
  2. Segunda ley: La magia ha de estar limitada.
  3. Tercera ley: El escritor debe preferir ampliar la naturaleza de la magia antes que añadir elementos nuevos.

En primer lugar, nos dice que evitemos el deus ex machina —o que las cosas se resuelvan por la cara—, haciendo que el lector se anticipe a la resolución del conflicto. Es decir, el lector debe pensar algo así: «¡Ey, si el protagonista hiciese tal cosa con magia, resolvería el conflicto»; se supone que esto deja al lector satisfecho, porque comprende sabría encajar el elemento magia como una pieza de un puzle. Al fin y al cabo, que las cosas se resuelvan sin método, porque sí, queda artificioso, ¿no crees?

En segundo lugar, nos dice que la magia, al tener reglas, debería estar limitada, lo que hace que las tensiones del conflicto sean más desafiantes a la hora de resolverlos. Si un personaje es capaz de resolver una situación mediante la realización de efectos maravillosos, pero estos son socavados por unos límites, aportaremos más color a la trama.

Y, por último, Sanderson nos alienta a no estropear la naturaleza primigenia de la magia con nuevos añadidos, pues el lector se sentirá más complacido si ampliamos lo que ya tenemos bajo los mismos principios; es decir, las reglas con las que nos hemos familiarizado. Por ejemplo, si un sistema de magia se fundamenta únicamente en manifestar en los elementos de la naturaleza canalizándolos a través de un druida, desentona añadir el poder de Dios manifestado en un clérigo, así de repente.

Voy a ser sincero. Cuando escribí mi novela e inventé mi sistema de magia, no tenía ni pajolera idea de esto de las tres leyes de Sanderson —ni siquiera había leído a este autor—. Pero es sorprendente que las tres reglas se cumplan en la historia, lo que quiere decir que la taxonomía literaria de Sanderson es, a grandes rasgos, una descripción de a lo que está tendiendo la escritura fantástica en las últimas décadas, y esto me hace pensar: «Pues, voy por buen camino…». Al fin y al cabo, los escritores no sólo somos hijos de nuestras experiencias, sino también de nuestra época y los libros que hay en ella.

¿Cómo se ordena la armonización en Ísbar?

Y ahora, sumergiéndonos en Ísbar, la ciudad-estado de mi novela, vamos a analizar la magia musical de los armonistas. Se trata de un sistema basado en la composición de notas musicales. Si un armonista toca una escala musical, según la posición de las notas se producirán efectos maravillosos, así de sencillo. Existe una clasificación extensa de rondós, sonatas, baladas, tonadillas, oratorios, romanzas, sátiras, cantatas y un largo etcétera de músicas ligadas a efectos concretos. Esto es lo que hace que, cuando el conflicto aparece, el lector se sienta complacido, pues se provee una explicación plausible para resolverlo.

En cuanto a las limitaciones tenemos dos: una interpuesta por el cansancio del mismo armonista, y otra por las reglas morales de la Iglesia.

En el primer caso, los armonistas deben escuchar el llamado tejido de la realidad, una especie de manto espiritual que envuelve las cosas —realmente es la vibración energética de la materia—. Mediante un proceso que ellos denominan «abrir los oídos», escuchan este tejido, y traducen su vibración en un algoritmo que les permite entenderlo como música. Para armonizarse con el tejido y componer escalas, los armonistas prefieren mantener sus oídos musicales abiertos, así se mueven con la música del mundo y son capaces de encajar melodías y temperar las notas que necesitan. Pero no por mucho tiempo, pues los sonidos del tejido sumados a los del mundo terrenal los extenúan, y deben

En el primer caso, los armonistas deben escuchar el llamado tejido de la realidad, una especie de manto espiritual que envuelve las cosas —realmente es la vibración energética de la materia—. Mediante un proceso que ellos denominan «abrir los oídos», escuchan este tejido, y traducen su vibración en un algoritmo que les permite entenderlo como música. Para armonizarse con el tejido y componer escalas, los armonistas prefieren mantener sus oídos musicales abiertos, así se mueven con la música del mundo y son capaces de encajar melodías y temperar las notas que necesitan. Pero no por mucho tiempo, pues los sonidos del tejido sumados a los del mundo terrenal los extenúan, y deben «cerrar los oídos» cuando se cansan. He ahí la primera limitación.

Con respecto a la Iglesia, tenemos los mayores límites sobre la magia, pues el Santo Oficio les dice a los armonizadores qué se puede componer o no según el movimiento de los astros en el firmamento. La Iglesia es una institución que se ha ocupado de establecer la conexión cosmogónica entre la astrología —no la astronomía— y el discurso religioso, y esto justifica vetar el uso de ciertas escalas en momentos litúrgicos determinados; es decir, es una institución de control sobre los armonistas. 

Por ejemplo, en ciertos momentos del año, cuando el sol se oculta parcialmente tras los anillos que rodean el planeta, se entra en un periodo litúrgico conocido como Penumbra. Durante los días que dura esta semioscuridad, los armonistas sólo pueden armonizar escalas sacras, un tipo de música que es considerada pura a los ojos —oídos, en realidad— de la Iglesia.

Otro de los pecados veniales más graves es el de armonizar las llamadas escalas perversas. Éstas serían un compendio de conjuros que los armonizadores tienen prohibido componer. La explicación es que estas escalas están compuestas por el mismo demonio, y afectan aspectos de la vida: regeneran la carne, curan dolencias mentales o incluso eliminan el sueño. Son algoritmos musicales prohibidos, cuya distribución tonal se acerca mucho a la frecuencia del llamado Número de Dios. Tocar estas frecuencias es afrentar a Dios en persona, y quienes armonicen estas escalas serán detectados por los urdidores del Santo Oficio, que desplegarán su justicia sin paliativos.

¡Ah, sí! Los urdidores del tejido. Son doce, uno por cada una de las doce notas (do, do#, re, re#, mi, fa, fa#, sol, sol#, la, la# y si), y se ocupan de detectar disrupciones de este tipo en el tejido de la realidad. Así que, los armonizadores que transgredan estos límites despertarán la atención de los urdidores del Santo Oficio, que son tan sensibles a las modificaciones del tejido de la realidad del mismo modo en que una araña es capaz de sentir la mínima vibración en su telar.

Pero estas bellísimas personas merecen una descripción más a fondo, y aquí no tenemos espacio para hablar sobre ellas. Quizá prepare un relato sobre ellos, ¿o prefieres que te lo cuente en una carta como ésta? Decídelo tú.

Sobre la tercera ley de Sanderson, tenemos algo especial en las páginas de mi novela, pero podrás verlo —o escucharla, si pegas el oído— llegado el momento.

¿Estará Dragos Corneli bajo la vigilancia del Santo Oficio? ¿Despertará la atención de los urdidores y la Santa Sede? ¿Transgredirá el protagonista de La historia triste de un hombre justo las normas morales de la Iglesia? La historia triste de un hombre justo se publicará el 5 de noviembre, momento en el que podrás descubrir todas estas incógnitas.

Mientras tanto, si necesitas aclarar alguna cosa, comentarme algo o, simplemente charlar, puedes contestarme a este email directamente. Por cierto, sígueme también en Instagram, sobre podrás conocerme más de cerca. No olvides que espero tus sugerencias.

Un abrazo, 

Ángel G. Olmedo.

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