LA ÚLTIMA CANCIÓN DE UN MAESTRO

Un relato sobre Lintus Corne, bastardo del Emperador

Era la primera vez que el alumno desobedecía al maestro.

Siempre aprendía de mala gana sus canciones, pero lo hacía, al fin y al cabo. El bardo imperial, una vez más, le había dado instrucciones precisas aunque restrictivas; parecía más bien que pretendiera deshacerse de la presencia de su discípulo, encerrándolo en el aula con el pretexto de que se pusiera a repasar canciones. Pero el discípulo decidió que no podía aguantar otras tres horas allí dentro, aprendiendo los estúpidos pentagramas de la pizarra, así que dejó su guitarra bajo la mesa y se deslizó hasta el marco de la puerta del salón de la música. Los dos corchetes que custodiaban el umbral ni lo miraron, como de costumbre, así que abandonó la estancia sin prestarles atención y se internó por los pasillos marmóreos del palacio. 

¿Por qué tenía que obedecer aquellas órdenes innecesarias? Él era Lintus Corne, hijo de su augusta majestad imperial, Socris II de Ísbar. Estaba harto de estar encerrado, aprendiendo teoría musical, armonización y solfeo; ¡ya era hora de que le enseñaran las artes arcanas de la música! ¡Ya era hora de hacer magia con las melodías que había aprendido! Sabía suficientes canciones como para hacer algo más provechoso.

Sin embargo, Lintus sabía que todo barrunto sería en vano. Por mucho que reclamara algo de respeto, siempre se hallaba en indefensión ante estos temas: sus maestros no tenían reparos en prevaricar, poniendo límites a las acciones del príncipe, marcando las estrictas pautas de su educación. «Eres hijo espurio, no lo olvides», decía el bardo imperial, su maestro, «por mucho que otros te llamen “Alteza”, eres el bastardo de Su Majestad». Bastardo, una palabra que le hervía la bilis y le impregnaba con ardor la lengua, siempre continente tras los labios. Parecía que a la mínima oportunidad todos aprovechaban para recordárselo.

Mientras cavilaba irritado, giró por el ángulo del pasillo y se topó de frente con uno de esos insolentes funcionarios: Gótrix de Orofel, que deambulaba junto a sus tres golondrinos. El sumiller de Corps se paró en seco en cuanto vio Lintus.

—Alteza —dijo—, ¿no deberíais estar en clase?

Quedaron en silencio unos instantes, uno frente al otro, mientras los golondrinos aguardaban expectantes con los cubos en las manos. «Estoy harto de dar explicaciones» pensó el muchacho. Arqueó una ceja y su porte yerto recordó al mercenario a quién tenía delante.

—Lo que yo haga con mi tiempo es cosa mía, Gótrix —espetó—. ¿Acaso debo dar cuentas a un mayordomo?

El gentilhombre tensó una sonrisa displicente en cuanto escuchó el epíteto. «Bastardo», se leía en su mirada aviesa, como si pretendiera devolverle el insulto.

—No, señor —dijo al fin—. Sólo me preocupaba por su grandeza.

—¡Pues preocupaos ahora de vuestros trabajos!, que en nada tienen que ver con auditar lo que hace el hijo de vuestro emperador.

El príncipe y el funcionario se sujetaron la mirada otros instantes, pero la tensión que desprendían se derramaba por las piernas de los golondrinos, que parecían querer alejarse de allí cuanto antes, temerosos de los fieros que se pudieran desatar. Finalmente, Gótrix inclinó la cabeza con trémula reluctancia.

—Pido perdón a su grandeza.

Bien, zanjó el muchacho, y pasó por su lado con paso firme. Entonces, se le ocurrió algo que le venía como de molde, y se giró hacia el funcionario:

—A decir verdad, Gótrix, quiero mandaros algo. —Inspiró con solemnidad—. Contestad: decidme dónde se encuentra mi maestro Gladio. Si es que lo habéis visto.

Y Gótrix, que sintió la mirada de sus tres golondrinos clavadas en su rostro, no tuvo más remedio que decir, con dientes apretados:

—Sí que lo he visto, su alteza. Gladio Permes se encuentra hablando con Gresnan Cot, en su despacho.

Lintus lo despidió con un manotazo insolente al aire, sin dar las gracias siquiera, y notó cómo una mirada lacerante se clavaba en su nuca. Llegó por fin hasta la primera planta, donde se encontraba el despacho del valido.

¿Por qué había ido su maestro a ver Gresnan Cot? «No es algo normal en él» se dijo. Pensándolo bien, la orden que le había dado hacía unas horas en el salón de la música era sumamente extraña, cargada de apremio; ni siquiera le miró a los ojos mientras rellenaba el pentagrama de la pizarra. Era otra música convencional, claro, no un conjuro; pero, a decir verdad, en este caso la anotación estaba mal. Se había equivocado al contar las corcheas de uno de los compases, y eso nunca le ocurría a su maestro. Había prisa en sus palabras, eso sin duda; el bardo imperial ocultaba algo. 

Otro imbécil almidonado salió de una habitación, y Lintus tuvo que esconderse en una sala cercana para no rendirle cuentas también a Danubios, el boticario del palacio. «¡Qué tedio de hombre!».

Mientras el boticario se alejaba gastando flema, recordó la actitud de su maestro en las semanas anteriores: Gladio mostraba, desde antes del estío, unos ánimos más lacónicos y nerviosos que de costumbre; había perdido la mitad de su peso y hacía un mes que no se afeitaba. Unas bolsas gigantes le bailaban en un rostro que tornábase cetrino y enfermo, y su mirada velada parecía posarse en magines de preocupación. Estaba claro que había pesares en el alma de Gladio difíciles de escrutar. Lintus ya no toleraba tantas reservas; era hora de saber qué le ocurría.

Y fue así que, elucubrando estos pensamientos, escuchó los chillidos del valido antes siquiera de salir de su escondite. Al girar el recodo del pasillo vio que las puertas del despacho estaban abiertas de par en par, y que su maestro salía por ellas abatido, mientras el lutier de la corte se disponía a entrar con paso desorientado.

Toda frustración que sintiera se diluyó al ver el rostro de su maestro, crispado por la pena y la ansiedad, y le sobrevino una contrición que lo llenó de dudas. En un primer momento estuvo tentado de salirle al encuentro, pero sabía que le lloverían represalias, por lo que resolvió hacer una vez más lo que tan bien se le daba: esconderse tras una consola del pasillo, donde esperó a que el anciano pasara de largo. Gladio Permes iba encorvado, con la cabeza hundida entre los hombros y arrastrando los pies. Sus ojos estaban atestados de lágrimas y murmuraba cosas para sí, al modo de los azumbrados que han perdido la razón por culpa del hipocrás.

Lo siguió escaleras arriba, pero no se dirigió al salón de la música, sino que llegó hasta el tercer piso del palacio, donde estaban las alcobas imperiales. El bardo dejó atrás la habitación de su majestad y penetró en sus aposentos, y Lintus pudo espiar por el cortadillo de la puerta encajada: Gladio Permes se sentó en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. El niño sintió que su corazón le latía con fuerza. «Algo malo está ocurriendo», pensó, «no es natural que esté así».

Y como si estas palabras despertaran la atención del bardo imperial, Gladio Permes se levantó con apremio dejando atrás toda la pesadez de sus preocupaciones y, con súbita energía y resolución, tomó su guitarra íbara de un rincón. Miró alrededor, como buscando algo, y al fin clavó la vista espabilada en el espejo de una cómoda. «¡Va a armonizar!». El chico se sintió emocionado ante este excepcional momento; sabía cuando su maestro se disponía a conjurar algo, podía leerlo en su mirada. Y de esta manera tan súbita, Gladio ejecutó la pieza: un precioso arpegio, lento y sonoro a compás de cuatro por cuatro. «He escuchado esta canción en alguna parte». El bardo lanzó el instrumento sobre su cama e inspiró hondo concentrándose en el conjuro, mientras Lintus notaba cómo se espabilaba su memoria. Su maestro abrió la boca para decir algo, pero la cerró de golpe, como si se lo hubiera pensado mejor; parecía como si quisiera ensayar algunas palabras en el espejo.  Y entonces Lintus comprendió: su maestro estaba dejando un mensaje. Rápidamente, el chico encontró en su mente el recuerdo de aquella canción: El testamento de lágrimas de Paráxis Famel, una escala que permitía al armonizador imprimir un mensaje en…

—¡Niño endemoniado y fisgón! —dijo el bardo, y a Lintus casi se le salió el corazón por la boca al ver cómo aquellos ojos lo fulminaba a través de la puerta encajada.

Gladio Permes salió de su alcoba desabrido y el muchacho dio unos pasos atrás, asustado.

—¿Qué haces aquí? —croaba— ¡Te he dicho que esperes en el aula!

—Maestro, no pretendía espiaros; tan sólo…

Pero su maestro no lo dejó acabar, y Lintus tuvo que marcharse a paso vivo del lugar, temiendo una fuerte represalia. Así que corrió y corrió hasta que encontró las puertas del salón de la música, aún guardada por los autómatas de mirada aséptica.

Le sobrevino una terrible vergüenza en cuanto se sentó en su sitio, y allí quedó mirando el pentagrama de la pizarra, como si nunca se hubiese ido. Las sombras se alargaban con lentitud por la estancia a medida que se sucedían pensamientos negativos en su cabeza. Era incapaz de concentrarse en la música que debía aprender antes del mediodía, y eso traería consecuencias. No iba a librarse de ésta. «¡No paras de meter la pata!», se lamentó. «¡A este paso nunca te enseñarán cómo armonizar nada, botarate!».

La puerta se abrió al cabo de un tiempo inmedible, y el maestro Gladio entró a paso vivo. Sin embargo, mostraba un aire muy diferente a las expectativas: era el rostro sereno de siempre, que le sonreía lozano como antaño. Parecía haberse desprendido de una carga horriblemente pesada que llevara a cuestas durante mucho tiempo. Su sonrisa era triste; pero sonreía, al fin y al cabo.

Lintus balbució una excusa pobre, intentando dirigir la atención hacia la lección de la pizarra con la esperanza de que el bardo se olvidara del incidente en su alcoba. Gladio no le prestó la menor atención.

—Siento no haber sido un maestro más dúctil, Lintus.

El niño enmudeció ante estas palabras.

—Ojalá el próximo bardo sea más flexible con tu educación —continuó el anciano—, y te enseñe por fin las escalas que tanto has deseado aprender.

Entonces, Lintus recordó los bramidos que provenían del despacho de Gresnan. Su voz se quebró:

—¿Os echan, maestro?

—No —respondió Gladio con lasitud, y se dirigió cansado a la pizarra, donde comenzó a corregir un fallo en la anotación. —Las cosas deben hacerse despacio, Lintus, como yo he intentado contigo. Si se hacen prematuramente, corremos el riesgo de caer en el error.

—¿Qué queréis decir?

Gladio se dio la vuelta y asintió con aire anuente.

—Que otros deben hacerse cargo de tu educación —dijo—. Yo ya he tenido demasiadas preocupaciones, y he hecho todo lo que ha estado en mi mano. No quiero sentir más miedos, muchacho; así que el mensaje ya está dado. El próximo bardo imperial lo recibirá.

Tal como dijo esto, el anciano maestro siguió anotando cosas en la pizarra, como si nada hubiera pasado. Lintus no pudo aguantar la presión:

—¿A quién le habéis dejado el mensaje, maestro?

Gladio Permes paró de anotar en la pizarra; se giró con cabeza gacha y, sin atreverse a mirar a su pupilo a los ojos, dijo con pesadumbre: 

—No lo sé… —Esbozó una sonrisa triste—. A un hombre más justo que yo, espero.

Y Lintus Corne, por primera vez durante toda su educación, aprendió de buena gana la última canción de su maestro.

¿Qué ocurrirá con Gladio Permes? ¿Por qué quiere abandonar su puesto? ¿O es que va a sucederle algo malo, como sospecha el muchacho? ¿Estará implicado en tramas oscuras? ¿Y quién será ese nuevo bardo imperial del que habla?

Sobre estas cuestiones, el protagonista Dragos Corneli te dará fe durante la narración de su aventura en La historia triste de un hombre justo, que podrás reservar el 5 de noviembre de este mismo año. Mientras tanto, ya dispones gratis del primer capítulo de la novela, en formato PDF ePub y audiolibro, donde el mismo Dragos Corneli te lleva de la mano por este fascinante mundo lleno de intrigas palaciegas, crímenes, magia y mucho más.

Un abrazo,

Ángel G. Olmedo.P.D.: No te olvides de comentarme algo, por aquí o en Instagram.

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