El corral de comedias: siglo de oro

el corral de comedias

Durante la Edad Moderna, las gentes encontraban su entretenimiento en el teatro, entre otras cosas, y por ello se congregaban en unos patios donde se ofertaban estos espectáculos con obras teatrales. En dichos patios y almacenes de vecinos, es decir, en los corrales, se colocaban unas tarimas y un escenario.

Alrededor, en las balaustradas estaban los palcos en pisos superiores —para los pudientes—, mientras que abajo se hacinaba la gente más llana.  Y al final de esta gente se situaban los llamados mosqueteros, que no eran ni más ni menos que espectadores que avivaban el griterío del respetable, llegando a lanzar fieros o elogios hacia la representación. El fracaso de una obra podía depender de estos excitados personajes que, a buen seguro, más de uno tenía cierta arma de malandrín.

Lo mejor es resumirlo con una imagen; la disposición básica era como sigue a continuación:

Desgrandando aún más, esto es lo que podíamos encontrar en el corral de comedias:

  • Escenario.
  • Gradas y palcos: donde se situaban los que podían pagar una vista mejor del escenario. Las gradas estaban junto al escenario (algo así como un palco platea) y los palcos se hallaban en las balaustradas de pisos superiores. También estaban los aposentos, reservados íntimos para la nobleza.
  • Patio: donde estaba el público de pie o en lunetas (bancos de medialuna).
  • Parte anterior del patio: los mosqueteros, llamados así en lenguaje de germanía, porque «tiroteaban» con chanzas la obra.
  • Cazuela: la parte anterior elevada, donde están sin dudas las mejores vistas, pues están frente al escenario y en alto. Aquí solían situarse las mujeres, que entraban por puertas distintas a las de los hombres.
  • Tertulia: arriba de los palcos había lugares reservados para los cultos que hacían tertulias y críticas de las obras.
  • Alojería: donde se vendía aloja (agua dulce), además de frutas desecadas, frutos secos y otras comidas.

El corral de comedias en Ísbar

Déjame contarte cómo he adaptado el corral de comedias en mi novela de fantasía. En efecto, en un entorno fantástico, y más ambientado en el Siglo de Oro español, era preceptiva la presencia del corral de comedias. Más que obligatorio, lógico y consecuente para preservar la coherencia interna de la obra.

Lo que ocurre es que mi novela es una crítica a la realidad actual, por lo que hay que hacer una hibridación entre dos elementos:

  • No romper la coherencia interna: mantener la esencia del siglo de oro a través del corral.
  • Desplegar la crítica social de nuestra actualiadd: preservar el principio rector de mi historia.

Es decir, tuve que adaptar el corral a mi universo. El entretenimiento de las gentes de mi mundo debía parecerse a lo que teníamos aquí en pleno siglo XVII; pero también a nuestra España actual, dado que la novela es mi visión particular de nuestro entorno. El corral de comedias pasa a llamarse de otra forma.

Los corrales de zancajos

Ísbar es una crítica a nuestra España actual y, dado que las gentes de nuestra época no están —seamos sinceros— muy apegadas al teatro, me resultaba muy difícil aceptar que los habitantes de mi mundo de fantasía tuviesen amor por estos espectáculos y la cultura en general. La analogía no funcionaría.

Por eso, los corrales de comedias en Ísbar reciben un sobrenombre: los corrales de zancajos. No quiero contarte de dónde viene el nombre, porque eso es mejor que lo averigües tú. Entiéndelo, sería un despropósito destriparte elementos de peso en mi novela. Pero no es nada alentador, para qué lo vamos a negar… Al fin y al cabo, tenía que efectuar la crítica.

la crítica social

En efecto, uso los corrales de comedia para hacer una crítica social en la historia. Con fin de respetar la suspensión de la incredulidad de la que te hablaba hace unas semanas, además de la coherencia interna de la obra, necesitaba justificar esa analogía entre los habitantes de mi mundo y los del nuestro, por lo que el corral de comedias sufre una pequeña transformación en mi novela: el objeto del teatro es muy diferente al de expresar arte.

Los corrales de Ísbar, al igual que los de la España del siglo XVI o XVII, también tienen por fin entretener, pero lo hacen de un modo diferente, y esto me vale para verter la crítica. Algunos lectores ya han llegado a esta parte del libro y lo han pillado, cosa que me llena de alegría.

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Ángel G. Olmedo.

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