Mis primeras palabras

Hoy te voy a contar cuáles fueron mis primeras palabras. Y no, no me refiero a las que articulé siendo un bebé, sino a las que escribí siendo niño.

Recuerdo muy bien por qué tuve la necesidad de contar historias, aunque el cuándo es algo difuso. La necesidad, por supuesto, nació de una mente estimulada por las emociones de un niño que admiraba lo que sus figuras de referencia hacían: escribir.

Pues sí, voy a contarte cómo empecé a escribir mis primeros relatos, pero para ello hay que viajar hasta mediados de los años 90. 

Lo primero que se me viene a la mente es a mi hermano mayor, frente a su Olivetti PCS del 92, tecleando en el cuarto que compartíamos. De este ordenador —que, por si no lo sabías, precisaba de unos códigos extraños para abrir el procesador de textos—, imprimió un relato de su cosecha, un relato que me golpeó los sentidos en cuanto lo leí; pues me cambió la concepción de las cosas. Por primera vez, los cuentos escritos que mi madre nos leía a mi hermano pequeño y a mí no tenían por qué provenir de los libros, sino de un folio impreso en el cuarto de un mocoso. Algo tan cercano, tan abrumador, tan terrenal. Aquí comprendí que una vez alguien tuvo que dar forma a las palabras antes de publicarlas en un libro; y yo asistí maravillado al primer laboratorio de palabras, donde mi hermano elaboró una de esas historias.

El párrafo no tenía más de diez líneas, pero todas y cada una de las palabras las mantengo en la mente gracias a las innumerables veces que las leí (cuando eres niño lo absorbes todo). Puedo decirte que era un texto muy avanzado para un adolescente de 15 años como mi hermano. Lo cierto es que siempre había sido muy solvente tallando las frases, aunque no descarto que esas en concreto estuvieran sacadas de algún libro, y él sólo se limitara a reproducirlas para su deleite. Lo que sí sé con seguridad es que la magia se produjo dentro de mí cuando una pregunta surgió en mi mente inquieta: «¿Y por qué no yo?»

Y como los hermanos menores imitamos a los grandes para sentirnos importantes, me puse a escribir mi primer relato. Así que, gracias a la admiración que germinó en mí, un mocoso se sentó frente al ordenador, y escribió los códigos (te puedo asegurar que en aquellos tiempos hasta los enanos nos manejábamos con esos cacharros):

C:\> cd windows

C:\> windows\win

O algo así…

¡Y entonces ocurrió! Se abrió la ventana del procesador de textos y me quedé abrumado ante el pálido verdoso de la pantalla. ¿Y ahora qué? 

Pues ahora —en el ahora de aquel entonces— se hizo la magia.

Cierro los ojos e intento trasladar la mente a aquel relato primero. Se me viene el personaje protagonista y su descripción; el paisaje donde se hallaba; el malo malísimo que lo afrentaba. Se me viene al corazón los deseos de aquel niño, que no se contentaba con sólo una historia aislada, sino también con alargarla, llenarla de detalles para hacerla realidad en un libro. Quería mi nombre en los lomos de aquellos libros que mi madre nos leía.

Y entonces fui consciente de una cosa: para escribir hace falta leer, y mucho. No sólo alimentaba mi alma con las lecturas de mi madre, o de las que yo pronto me imbuiría, tanto de las novelas como de los juegos de rol; también recuerdo otras fuentes de inspiración en aquel ordenador antiguo. Las aventuras gráficas de Simon: the sorcerer y Monkey Island, el juego de X-Wing y Theme Park; es una visión diáfana en mi mente: me veo escribiendo, luego guardando para ponerme a jugar. Todos estos programas eran historias vivas en sí, lugares mágicos a los que transportarme durante unos momentos para coger prestado los elementos precisos. 

¿Y dónde están aquellas primeras palabras?, me preguntan cuando cuento esta historia.

La respuesta es muy triste. He buscado por cientos de CD ROM que se fueron creando con el tiempo, pero nada he hallado. Incluso he pedido a mi hermano disquetes antiguos y una copia de seguridad del ordenador Olivetti, pero no hay ni rastro de ellos.

Pero ¿sabes qué? Estoy seguro de que están por algún sitio, bajo un manto analógico de códigos compuestos por ceros y unos, grabados en algún disquete o CD de los años 90, enterrados bajo montañas de papeles y cajas polvorientas llenas de trastos. 

Este no es más que el testimonio de un adulto que intenta llamar al niño que vive en su interior. Un niño que vive cubierto de esas sombras feas producidas por las preocupaciones adultas que caen al pozo de nuestros recuerdos; pero allí, cubierto de sombras, a veces enciende un farol y me enseña retazos de un recuerdo: mis primeras palabras.

No sé cuáles fueron, porque aún no he encontrado el archivo, pero valga este escrito para homenajear a mi hermano y a aquel niño. ¡Y al Olivetti, por supuesto!, el ordenador primero que me permitió evadirme de la realidad; mi vehículo de transmisión de ideas.

¡Y hasta aquí llegamos! Casi 25 años después, que vienen a ser lo mismo que algo más de 300 lunas llenas. ¿Quién lo iba a decir? Voy a darle al mundo un libro el 5 de noviembre: La historia triste de un hombre justo, se llama. Y la verdad, las veces que te lo anuncio me embarga una gigantesca felicidad, porque quien se ilusiona en el fondo es el niño que vive dentro de mí.

Así que, esperando que compartas mi ilusión por dicho evento, me gustaría que me escribieras para saber qué te parecen estos pedacitos de mi vida. ¿Y tú? ¿Escribes? ¿Recuerdas tus primeras palabras? Ojalá no les hayas perdido la pista como yo. Me gustaría saber otras versiones, otras historias como ésta, así que puedes hablarme por aquí o por Instagram, que te contestaré lo más rápido posible.

Un fuerte abrazo, de mi parte y la de mi niño interior.

Ángel G. Olmedo.

2 comentarios en «Mis primeras palabras»

  1. Hola Angel. Un gusto conocerte con estas líneas escritas desde el corazón, que bueno es pasear por el pasado. Solo quería decirte que comparto contigo esa necesidad de dar cobijo al niño interior que llevamos todos dentro, nadie de vería cuibir a ese niño y si dejarlo fluir, el mundo sería bem distinto.
    Gracias por tus palabras.
    Un abrazo.

    Armando Biléu

    Responder
    • Hola Armando,
      Me agradeces mis palabras, pero yo te doy mil gracias por las tuyas; encontrar emociones en los demás es uno de los principales motivos que me hacen escribir.
      Como bien dices, hay que darle cobijo al niño que tenemos dentro. Digo más, merece ser recordado (y cuidado) espabilando nuestra memoria. Sólo así podemos tenderle la mano de vez en cuando, darle voz. Y cuando el niño hable, que calle el adulto; a veces nos encontramos con lecciones bonitas que habíamos olvidado.
      Así que, en conclusión, estoy de acuerdo contigo: todo sería distinto si nos dejáramos llevar y regalásemos al mundo las mejores experiencias de nuestra vida, cuando todo era más sencillo.

      Un abrazo.

      Responder

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