Cómo construyo los nombres de mis personajes

Pues sí, a la hora de construir los nombres propios de mis personajes soy muy exhaustivo. Esto no quiere decir que construirlos al azar sea algo contraproducente; es otra forma de hacer literatura, ni mejor ni peor. En lo que a mí respecta, necesito dotar a los nombres propios de algo de musicalidad, porque —y he ahí la cuestión ladina— la memoria es amiga de las emociones, y como psicólogo sé que hay que emocionar para hacer recordar. No hay mejor manera para ello que hacer las cosas rimbombantes, ¿no? Exacto, hay que llamar la atención.

Verás, cuando leemos fantasía, y hacemos un pequeño ejercicio de hermenéutica, cada cual se percata de cosas distintas. A mí, por ejemplo, me llaman muchísimo la atención este aspecto de los nombres, y tengo bastante aversión por dos cosas: la primera de ellas es que un escritor tienda a escribir una amalgama de sílabas concatenadas al azar: «Trehrjwaltfus». En serio, ¿quién carajo recuerda eso de primeras?; ¿quién sabe pronunciarlo? La segunda es que quien escribe tienda a poner los típicos nombres estadounidenses, a pesar de ser de otra nación. Por ejemplo, eres de Italia pero el protagonista de tu novela se llama «John». Entiendo que esto último se hace porque los pulsos y las tendencias de la literatura fantástica se marcan desde EEUU.

¿Cómo me he saltado este escollo? Con nuestros maestros, claro: pongamos el ejemplo de Tolkien. Todos sabemos que fue un portento en este tema, porque inventó sus propios idiomas para su legendarium. Esto le permitió afinar etimológicamente las raíces de ciertos términos, y hace muy fácil que los recordemos («Anduin», «Baranduin» o «Glanduin» son ríos, identificables gracias al sufijo -duin, en sindarin). Además, las traducciones en español son maravillosas, porque muchos de los anglicismos se traducen directamente al español («Samwise» por «Samsagaz»); cosa última, por cierto, que ocurre en cientos de obras de otros autores.

Y como yo quería huir de poner nombres al azar, o evitar no devanarme los sesos llamando Michael y Yanet a todo el mundo —al menos minimizar esta tendencia—, decidí copiar a los maestros. Es bastante difícil llegar a ser Tolkien —un portento de las lenguas—, pero sí podemos hacer algo humilde con un idioma que ya conocemos bien: nuestra lengua materna. Por eso, sabiendo que «La historia triste de un hombre justo» es una analogía de muchas cosas de mi entorno, y teniendo en cuenta que el español es un idioma de una riqueza abrumadora, decidí escarbar en mi propia lengua. Hice dos cosas: tomé nombres comunes y los convertí en propios (tal cosa ya existe en nuestro idioma, como ocurre con el apellido Expósito, por ejemplo). También distorsioné palabras ya existentes, transformándolas en nombres para mis personajes. 

Déjame ponerte ejemplos. En primer lugar, encontramos palabras del español usadas como nombres: 

  • Frígido
  • Lírico
  • Picaresco
  • Pintoresca
  • Profana
  • Sonoro
  • Sórdido
  • Trémulo

Y también contamos con términos distorsionados a los que se les ha respetado algún afijo de la palabra, de manera que suenan nuevos, pero no extraños:

  • Aguilente
  • Danubios
  • Gladia
  • Loberia
  • Mantesco
  • Tristerio
  • Vitorio

Pero además quise meter algo de etimología personal. Así, para los apellidos he construido los siguientes patronímicos —unos sufijos que designan la procedencia de una persona—:

  • -resco (Sombrero: Sombreresco; Pintor: Pintoresco).
  • -is (Corne: Corneli; Dastel: Dasteli).
  • -nte (Luca: Lucarante; Tristan: Tristante; Águila: Aguilente).

En fin, que cada escritor lo hace a su manera y pone su atención en los asuntos que más les gusta. Y debo decir que, funcione o no esta proposición —que espero que sí—, yo me he divertido muchísimo tallando nombres y apellidos; de hecho, tengo una lista gigantesca que ojalá algún día pueda definirla bien y mostrártela.

De momento, tengo que decir que en La historia triste de un hombre justo existen decenas de estos términos, puestos adrede para mitigar los problemas que mucha gente tiene a la hora de recordar nombres. Por supuesto, soy consciente que hacer que un lector recuerde un nombre también depende de cómo construyas los personajes, además del ritmo que les adecues en la historia, pero de ello hablaremos en otra ocasión. Al fin y al cabo, aún quedan unos meses para su estreno el 5 de noviembre.

¿Qué te parece todo esto? ¿Por qué no me das tu opinión? Te prometo que para mí es muy importante. Puedes hacerlo por aquí mismo, respondiendo a este email, o por Instagram, donde también te responderé, y podrás ver las locuras en las que me embargo.

Un abrazo,

Ángel G. Olmedo.

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