La honra no existe

Un relato de Closter Tol

Sus palabras fueron su sentencia de muerte, y todos en de La Tasca del Burlador lo sabían bien. El silencio es confidente de muchas de estas certezas; al fin y al cabo, es amigo íntimo de la parca.

Lo miré sobre mi copa de hipocrás unos instantes, desde el otro lado de la barra como quien observa un comentario casual, y eso debió encenderle aún más el cuajo que gastaba. Su figura cimbreó con los acordes de la fanfarronería; Risoldar Estut nos aleccionó ya sobre estas situaciones a Dragos, Nolvaria y a mí: «no es lo mismo ‘valor’ que ‘bravuconería’», decía. «Los segundos suelen ignorar a quién tienen delante».

—Dispensad, vuesa merced —dije sereno—, que escuchar el tejido de la realidad constantemente me vuelve sordo a las palabras mundanas. ¿Podéis repetir?

—Que digo, señor Closter Tol, que meáis vino y cagáis clavo con tanta azumbre.

Bufó en una sonrisa lacia con unos ojos velados que apuntaban hacia el suelo, el comentario provocador típico de los borrachos que no se atreven a sostener con la mirada lo que los labios han escupido. Y lo había escupido al aire de forma súbita, como si una pulsión que no pudiera contener le empujara a ello. En algunas personas, la inquina se adueña de la razón; y ya es tarde para cuando vuelven a amarrarse la lengua.

Pero uno no está para aguantar las inquinas de nadie, ni ser víctima de las formas en las que las gastan.

Al ver que no alzaba sus ojos, miré al hombre que le acompañaba y escuché la música de sus emociones: las notas que desprendía delataban cierta aprensión por las palabras de su amigo, pero se le veía más resuelto que el ofensor; pude escuchar unos contrapuntos denodados y recios. Este sí me miraba a los ojos, con una melodía expectante, bellísima. No todos los bardos de Ísbar podrían haber penetrado en la pureza de aquella capa melódica, pero mis oídos de armonizador eran especialmente sensibles a «la música de las cosas». 

Le sostuve la mirada y me anduve sin contemplaciones:

—¿Será vuesa merced el padrino del lenguaraz?

Y el lenguaraz se volvió de súbito hacia a mí, tirando su copa al suelo, llevándose las manos a los hierros. No llegó a sacar la espada ropera, que el otro ya lo aferraba con fuerza del codo mientras algunos parroquianos se interponían entre ellos y yo, rompiendo el alivioso silencio que había reinado en la tasca durante unos segundos. «¡A fe mía que vais a apagar candela esta noche!», «¡vive Dios que os voy a baraustar!», «¡venid aquí, si sois hijodalgo!», y otras lindezas del estilo bramaba el desjuiciado hombrecillo que me había insultado, mientras la gente intentaba serenarlo.

Por lo que a mí respecta, me terminé el vaso de hipocrás y empecé a verter en él lo que quedaba de la jarra —la había pagado, y mis contentos nunca han mantenido muy holgada mi bolsa—. Bebí acompasado y tranquilo mientras el otro era tranquilizado por Picaresco Dosfuentes, el dueño del local, quien le conminaba a lidiar rencillas en las balconadas o en los retorcidos callejones del Distrito Central, donde ni la luz del Tetragrama logra penetrar en las tinieblas. «¡Aquí no quiero pendencias!», exclamó tenaz, «¡o voto al Ojo que llamo a la gurullada y dormís en los calabozos!». 

Tal como sugirió esto golpeé la barra a modo resolutivo, en la forma de quien ha zanjado sus cuentas con el alcohol; me puse el fieltro de ala ancha y me abrigué con el herreruelo ante los ojos de los presentes. El silencio empezó nuevamente a imponerse mientras decenas de ojos me estudiaban, pero el maco bravucón volvía a romperlo con sus impertinencias. Nada reseñable, sino comentarios puntillosos y molestos, creyéndose que yo era un menguado que no iba a responder y me marchaba con la honra mellada.

—En el callejón de los Montabancos —sentencié, frío—. En diez minutos.

Los comentarios se encendieron de nuevo a mis espaldas, pero en cuanto salí de la taberna se mutaron con el continicio pesado de la noche tranquila. Caminé hasta el callejón, pensando en los años de lances, en las vidas que había apagado. Ésta sólo sería una más de todas ellas. La edad templa los ánimos —en la juventud había matado a un hombre incluso por una mala mirada—; ahora reñía con más precaución, fuera de la vista de los demás. Elegí el callejón de los Montabancos por ser un lugar apartado y oscuro durante la noche. Me adentré en él y llegué hasta la lutería del maestro Liscario Tristante, donde compré mi última arpa de muñeca. Y allí, arrebujado en la negrura, esperé al malandrín.

Llegó al poco tiempo junto al otro, y lo primero que soltó al verme en la soledad del callejón fue un comentario que adivinábase ensayado. Dijo, sencillamente, que yo necesitaba un padrino, y que no tenía sentido batirse sin decoro. Se dispuso a marchar con indiferencia, como dando por zanjado el asunto. 

Ya empezaba a sonarme la historia: el pendenciero se engrandece delante de la germanía para dar cuenta de sus bríos, pero cuando la brisa helada del exterior le golpea las entrañas y éstas se retuercen en el vientre con el ácido de la prudencia, todo empieza a verse de forma distinta. Que fuera de la vista y de los oídos la honra pierde todo su sentido, y el instinto de conservación aflora por encima de las estúpidas reglas de la moral.

Saqué la filosa y el metal silbó con resonancia por el callejón, haciendo que el hombre se parara en seco. Pero era mi voz la que mejor cortaba el aire:

—¡Desenvainad, vuesa merced!

El hombre quedose pálido, y un rondó de pánico le abrasó los intestinos, cantando soniquetes intranquilos. Titubeó otra excusa:

—¿Acaso no habéis sido vos quien ha lanzado el guante? Me corresponde el derecho de elegir arma.

—No os veo con otra que no sea vuestra espada —dije—. Y si sois caballero de hígados, es de suponer que no querréis batiros con un arma de rufián, como un pistolete.

Se quedó boqueando otros instantes, pero no articuló ni una palabra.

—¿Qué ocurre? —apremié—. ¿El frío os ha golpeado el rostro y os ha sacudido el hipocrás del cuerpo? ¿O lo habéis meado ya?

Eché a andar hacia ellos, y el padrino dio un paso al frente, haciendo un visaje solícito con las manos.

—No creo que esto sea honroso…

—Ni siquiera sabéis mi nombre —dijo el otro, más menguado—. Soy Artemis…

—¡Se me da un ardite! —bramé, llegándole a los alcances. El afrentado no tuvo más remedio que sacar la espada, temblando de pies a cabeza, mientras que su padrino se echaba a un lado, espantado por mis arrojos repentinos.

Fue rápido. Un antuvión hacia la cara, dos acometidas en arco y la tarascada le atravesó el coleto de cuero. Cayó al suelo, desangrándose entre sollozos y vivedioses.

El otro se quedó con la espalda contra la pared, los ojos llenos de ira.

—¡Habéis hecho trampas! —decía con trémula voz; la música del terror se armonizaba con la del frío, trinando notas agudas y unisonantes—. ¡Ni habéis esperado al viático de un sacerdote! ¡No tenéis hon…!

Las palabras se le quebraron al punto, y se deslizaron por su gorguera abierta en un horrísono burbujeante. El suelo lo recibió con un golpe seco. Me acerqué al oído del moribundo padrino, que echaba espumarajos sanguinolentos por la boca.

—Os creía con arrestos —susurré—. Habéis estropeado vuestra bella melodía.

Aferró mi jubón, como intentando agarrar un pedazo de misericordia, vacua y estéril ante la palmaria y dantesca fatalidad que le condenaría en cuestión de segundos. Apagad vuestra música, le ordené, y las manos perdieron su fuerza y el pentagrama de su corazón quedó vacío para siempre.

«Me repugnan», pensé mientras limpiaba mi espada en mi herreruelo. «Todos. Con sus códigos y su moralidad». Y mientras pensaba todo esto un gemido sonó a mi lado; el otro seguía desangrándose por el pulmón.

«La honra no existe», le dije con una ceja levantada, aunque dudaba que escuchara mi disertación. Me puse de cuclillas sobre el interfecto, que luchaba por coger aire. Su música era estruendosa. Me molestaba tanto que tuve que sacar mi daga quitapenas; había que darle sentido al nombre del arma.

«El mundo es horrible precisamente porque existe esta clase de personas. Yo soy una de ellas, claro», pensé mientras hendía la daga en su corazón; el silencio que sobrevino fue sedativo para mis oídos. «Sólo que elijo batirme con mis iguales —y con los pisaverdes, que son lo mismo que los criminales, pero perfumados—». Me levanté, mirando al pobre infeliz. «En definitivas cuentas, personas que merecen que les recuerden que no son inmortales».

Y dejando a los hombres allí tirados elucubré la facilidad con la que la sociedad alardea de tener una vida plena, inalienable y sin miedos; pero cuando se les presenta de verdad un hombre pleno, inalienable y sin miedos… de repente, todos se sienten asustados. 

Y se cagan encima.

Este es el relato de Closter Tol, un hombre con códigos propios y desmarcado de la sociedad de Ísbar. Amoral y pendenciero, acompañará al protagonista de La historia triste de un hombre justo, Dragos Corneli, en su aventura por la ciudad-estado. Corneli deberá lidiar con las tensiones que provocará el comportamiento disfuncional de Closter Tol; estos conflictos verán la luz el 5 de noviembre, momento en que será publicada la novela.

Mientras tanto, puedes contarme qué te parece este personaje. Dímelo sin tapujos; toda crítica, positiva o negativa, es bienvenida. ¿Te interesan estos relatos?, ¿prefieres saber otras cosas de Ísbar? Puedes hablarme por aquí y conocerme aún más por Instagram.

Un abrazo,

Ángel G. Olmedo.

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