El arpa de muñeca

Cuando escribí La historia triste de un hombre justo tenía claro que la magia debía estar ligada a la música. En mi mente ya contemplaba la figura del bardo como usuario de la magia, y eso implicaba algunas conexiones con la alta fantasía de los multiversos de Dungeons & Dragons. El bardo transformaba la realidad a través de la música, pero el nivel de capas de esas obras no me satisfacía; necesitaba más profundidad. Sencillamente, la magia ocurría porque alguien rasgaba las cuerdas de su laúd, pero en cuanto a música se refiere, no había absolutamente nada de lo que Sanderson llama «magia dura». No encontré nada que ahondara a fondo en las palabras como «escala», «compás», «ritmo», «cadencia», «notas», «frecuencia» o «tono»; nada que estableciera conexiones entre estos términos y los efectos manifiestos de la magia. Que me perdonen mi ignorancia si ya existe algo de esto por ahí, enterrado entre la miríada de mundos que tenemos en el género; hoy día es infinita la cantidad de obras de fantasía con las que contamos.

Lo primero que tenía claro era que la música debía tener un peso fundamental en la creación de los efectos maravillosos, y para ello era necesario asumir algo: no podía haber otro tipo de conjurador. Quería huir de esos territorios de la alta fantasía donde existen hechiceros, magos, nigromantes, brujos y tropecientos tipos de conjuradores, incluyendo a los bardos. Necesitaba que todo se centrara en la música como expresión máxima de la magia. Por tanto, el bardo es el único arcano que existe, el único capaz de entender el lenguaje de la magia. Y ese lenguaje, por supuesto, es la música. Los acentos son las tónicas; la prosodia, los tonos; la actitud, la clave; la cadencia es el compás; los puntos y las comas, los silencios… La música se expresa a través del «tejido de la realidad», el espíritu de la misma existencia, que vibra en un sinfín de sonidos invisibles, susceptibles de ser captados sólo por quienes están entrenados para escucharlos.

Infinitos instrumentos, infinitas posibilidades

Pero ¿qué arma tendrían los bardos de mi mundo para elaborar y componer las escalas maravillosas? «¿Un laúd?», pensé. ¿Sería consecuente y apropiado que mis bardos usaran laúdes? Yo ya sabía que existen muchos escritos sobre mundos fantásticos donde los bardos usan todo tipo de instrumentos, y eso era algo que yo también quería usar: cada usuario de la magia tiene preferencias por un instrumento concreto, que es con el que se siente a gusto. Pero no me contentaba sólo con eso, sino que quería personalizarlo más. Por eso, adjudiqué una serie de efectos afines a cada tipo de instrumento acorde con su clasificación: viento madera, viento metal, cuerda y percusión. Como dice el protagonista de la obra en una escena: «(…) si quiero conjurar una espada a partir de un trozo de hierro negro, será mucho esfuerzo para el arpa, y una nadería para el lenguaje que emite un tambor». ¿O hemos de asumir que la perezosa piedra debería comportarse igual si le habla desde la potencia de una trompeta de metal que desde una flauta dulce de madera? ¿Y acaso el elemento del aire no respondería a la llamada de estos instrumentos con más facilidad?

Pero a pesar del inmenso listado que elaboré con efectos ligados a instrumentos seguía sin estar contento. Necesitaba algo con más personalidad. Necesitaba crear un instrumento propio y original para la ambientación. Algo que nunca antes se hubiera visto.

El arpa de muñeca

No recuerdo cuándo apareció en mi mente, pero quería algo que se usara de forma cómoda y rápida. En un mundo como éste, donde la magia y la música van de la mano, los estudiosos de las escalas mágicas tenían que haber inventado algo versátil y ágil, transportable y fácil de usar. 

Lo llamé el arpa de muñeca.

Consiste en un avambrazo que se acopla por encima de la muñeca del usuario hasta llegar casi al codo. En la cara anterior del antebrazo —cara interna— el armonista tiene el arpa propiamente dicha, oculta en una concavidad del artefacto. El arpa es un conjunto de cuerdas con una caja de resonancia pequeña; todo el conjunto se despliega con un sencillo movimiento que consiste en retirar una cejilla de metal —de forma manual o automática según el modelo—. En cuanto el armonista —o bardo— libera las cuerdas, éstas se despliegan hacia afuera, tensándose afinadas y listas para usar —hablamos de algo cercano al steampunk, así que ya puedes imaginarte que el mecanismo se pone en marcha con un puñado de tuerquecitas y ruedas dentadas—.

En la parte dorsal del antebrazo el artilugio está decorado al gusto de cada armonista, pero suele haber un armazón que protege el brazo durante los lances, una pequeña protección ante el filo de las espadas roperas y las dagas quitapenas. Algunos tienen en esta parte un «calibrador de frecuencias», que consiste en una aguja que señala los hertzios de aquellos tonos que se necesitan identificar. De esto en concreto se hablará en otra ocasión.

La idea es que, con un rápido gesto, del antebrazo aparezcan un puñado de cuerdas que se repliegan o retraen con facilidad; el armonista sólo tiene que llevar la otra mano a las cuerdas tal y como estas aparecen y, en menos de un segundo, las está punzando para crear efectos maravillosos. Esto abre incluso la posibilidad de que existan armonistas que con un poco de subterfugio —amparados en el ruido del ambiente— hayan logrado conjurar de forma sigilosa, sin dejar huellas de sus pasos musicales en el entorno.

Y eso es todo, al menos por ahora. Porque, acerca de las arpas de muñeca, vamos a dejar que sea Dragos Corneli quien describa mejor su uso durante su narración en La historia triste de un hombre justo, que el 5 de noviembre saldrá a la luz. Hasta entonces, si quieres hablar un poco más de esto conmigo —o sobre cualquier otra cosa—, te leeré gustosamente si me contestas a este email (aunque también puedes seguirme por Instagram, donde pongo más cositas).

Un abrazo,

Ángel G. Olmedo.

P.D.: Tengo mucho que contar, y tengo programado bastantes newsletter pero ¿quieres que te hable de algún tema en concreto? ¿Te gustaría saber más de la ambientación?, ¿personajes?, ¿trama? ¿Prefieres que te hable sobre mi proceso creativo?, ¿mis inquietudes? ¿O prefieres más relatos?

Te escucho.

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